Me hizo acordar la perversa capacidad que tienen las depiladoras de disfrutar con el dolor ajeno, y el placer que les causa empuñar sus afiladas pincitas de depilar para arrancarnos uno por uno nuestros inocentes pelos.
Almas sádicas sin corazón.
Igualmente, siempre volvemos con la cola entre las patas. Porque el que se va sin que lo echen, vuelve sin que lo llamen. Así dicen.
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