Madrugada de sábado lluviosa. Torrencialmente lluviosa. Restos de vómito en el suelo y tu cara pálida. Yo al lado tuyo con mi vestidito de flores nuevito y ya no tan radiante, húmedo por las gotas que no dejaban de golpear mi cuerpo.
Tus ojos perdidos y la crueldad de siempre en la punta de tu lengua. Con tu mirada indiferente y tus fracesitas que a esta altura podría repetir de memoria. Porque bien puedo decir que nuestra historia es cíclica y sistemática.
Entonces con tu mejor tonito de hijo de puta me dijiste chau sin que nada de lo que había pasado hasta entonces te moviera ni un pelito. Y vomitaste y me volviste a mirar con tus ojos llenos de oscuridad y esa energía negativa que de a poco va sellando tu alma.
De pronto, como si me hubieras contagiado tus arcadas, yo también me encontré vomitando la cruda realidad de mis sentimientos.
Que te ibas a morir te dije. Porque el cuerpo es un claro reflejo de la enfermedad que todos llevamos dentro. Y de a poco toda la mierda que acumulas, se transforma en veneno y tu alma inofensiva y vulnerable va muriendo de a poquito. Que te amaba y me dolía. Porque me duele verte, y que tu agonía contamine mi aura. Porque yo no me quiero morir y por eso basta, chau Edu, hace tu vida.
Con un beso indiferente y tan frío como tu corazón sellaste la última y amorfa despedida, saludaste a los chicos desde lejos y desapareciste, caminando por las calles de villa crespo, debajo de la lluvia y sin paraguas.
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