23-1
Un viaje desesperante de Lima a Cusco. la suerte estuvo empecinada en volverme solitaria e inmune a los vahos más hediondos que cualquier ser humano pudiera imaginar. Delante mío un viejo que apestaba a sebo y transpiración encebollada, se empeñaba en sacarse los zapatos una y otra vez y rascarse su calva con sus uñas encarnadas y mugrientas. A mi lado nadie, completamente vacío. Cuando hubieron pasado unas 15 horas aproximadamente desde la salida de Lima, el colectivo emanaba sudor humano hasta en las ventanillas, una especie de microclima adaptado a la penosa situación: chinos sin zapatos, niños vomitados y una mirilla apenas abieta por donde se colaba la lluvia, típica de la sierra en febrero.
Atrás quedaban las ruidosas avenidas de Lima, aunque no aún el ruido de mi cómoda Barranco. El malecón en mi retina.
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