lunes, agosto 18, 2008

Equilibrista

Dolor de panza.
La hinchazón me persigue como si hubiera tragado un globo.
Entonces es cuando en determinado momento de la noche me doy cuenta que quiero escaparme de mi vida. Me angustio, hablo lento, mi amiga M intenta regalarme un consejo reconfortante, pero nada calma mi vacío de ese domingo en la noche de Buenos Aires.
La luna llena observa como agonizo después de haber ingerido inconscientes cantidades de chocolate. Buscando placer, intentando tapar baches.
M me dice que me quede quieta y me pega una curita de cenicienta en el dedo. Se siente bastante mejor. Me prepara un té en su taza de dinosaurio y jugamos con sus muñecos inflables un buen rato. Después de eso estoy lista para dormir en paz.
Hoy me levanté bastante agotada. Pico de acidez en sangre. Terminamos de estudiar para el parcial de mañana muy a duras penas en casa de S.
Como siempre S tan atento me dejó dormir en su cama con mi CD favorito de fondo, me tapó con su acolchado de plumas y me trajo té de manzanilla a la cama. Escuchó cada uno de mis reproches. Volví a casa en mi bici un poquito más liviana.
Sentimentalmente hablando, un clavo saca otro clavo. Es casi tan bueno como el concepto de infinito. Y ahí nomás aparecen todas esas frases pelotudas que intentan excusar nuestro patético estado; siempre que llovió paró, nada es para siempre, el tiempo lo cura todo y que se yo que otra grasada que en el fondo, sabemos que no podíamos con nuestra vida.

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