Contaba la historia que los dioses quisieron al comienzo crear un mundo completamente feliz. Para eso crearon seres que, por un lado presentaban cuerpo y rostro de hombre y, por el otro, cuerpo y rostro de mujer. Con cuatro piernas y cuatro brazos, eran rápidos y fuertes, así que las fieras no los podían dañar. Con tales capacidades, podían obtener fácilmente los frutos de la tierra y compartirlos y administrarlos sabiamente con sus semejantes. Sin necesidades urgentes, podían dedicar largas horas a reflexionar y además tenían la ventaja de dialogar y compartir sus pensamientos siempre, al menos, con otra persona y grande era su suerte, porque lo hacían con la persona que amaban. Porque nunca estaban solos, pues eran dos en uno, se amaban a sí mismos y siempre estaban acompañados de quien amaban. Y como amaban tanto a quien compartía con ellos su existencia, amaban también al resto de los seres como ellos, a los animales, a las plantas, a los dioses. Amaban a toda la vida. Sus cuerpos eran robustos y vigorosos y sus ánimos esforzados, lo que les inspiró la osadía de subir hasta el cielo y combatir contra los dioses.
Los dioses no podían dejar sin castigo su atrevida insolencia y como no los querían aniquilar, los separaron por la mitad, en medio de grandes dolores y los expulsaron de su país paradisíaco hacia los cuatro puntos cardinales.
De esa dolorosa separación quedó una cicatriz en el vientre, que llamamos ombligo. Una vez hecha esta división, cada mitad trató de encontrar aquella de la que había sido separada y cuando se encontraban se abrazaban y se unían con tal ardor en su deseo de volver a la primitiva unidad, que perecían de hambre y de inanición en aquel abrazo, no queriendo hacer nada la una sin la otra.
Desde entonces, los dioses condenaron a los hombres y a las mujeres a ser infelices, y a vivir en una búsqueda constante de su otra mitad.
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